Poemas de Cees Nooteboom

Novelista, ensayista, poeta, traductor e hispanista, es uno de los escritores más destacados de Europa. Por su polifacética obra ha merecido diversas distinciones , aquí os dejo algunos poemas de su antología Luz por todas partes. La antología tiene la peculiaridad de empezar con sus libros más recientes y recorre el camino hacia sus primeros libros.

DESTERRADO

Embarcadero, el barco que se aleja

navegando sobre cristal.

Ahora estoy solo con Chong Er,

la llanura es mi panorama,

mis amigos los eremitas de las colinas,

hombres ya casi de piedra.

Sombrío me quedo en adelante,

lejos de los ciervos blancos

en los que cabalgábamos por campos de nubes

y niebla.

Entre esto y la muerte

un tiempo para los pensamientos

que nadie ha escrito, vergüenza en un pizarrín

con tiza blanca, mi nombre liberado

de sus letras, vacío

como un sonido.

Marfil y joyas,

Todo eso lo conocía, mi sombra

desaparece en un pliego del tiempo,

nada dejo, molido

entre el cascote de los días

comparto el destino de piedras y conchas,

un príncipe sin palabras

en una tela

tejida de nada.

          Luz por todas partes, 2012

QUIEN NO somos 

quien nosotros mismos somos.

Quien está sobre las palabras

quien está en las palabras,

Quien está junto al pensamiento

quien es el pensamiento.

¿Quién deja la huella

en la blanca arena

de la página?

¿Y quién lo lo explica?

fragmento de Una huella en la blanca arena

HARBA LORI FA[1]

¡Tantas formas de existencia! ¡Tantas gentes
para sufrir y reír en estas colinas pedregosas!

La higuera se inclina mirando al sur,
sobre nosotros el ronquido suave de un avión.
  

Mi amigo espera junto a un arbusto de agudas espinas.
Conoce la historia de su perdición,

vemos el brillo del mar
entre agallas y cardos, una vela a lo lejos.

Todo duermeDadme otra vida y no la quiero.
Conchas y grillos, colmado está mi cáliz de eterno mediodía.

El río en donde ayer bebí llevaba un agua fresca y clara.
Vi el laurel reflejadovi cómo la sombra

  
de las hojas se iba deslizando por el fondo.
Eso es todo lo que anhelaba. Harba lori fa.

Mis años penden de un hilo. Soy pues
la araña del camino, que teje su tiempo poligonal

entre zarza y zarza,
hasta que pasa el caminante hacia el puerto,

el caminante que golpea con su bastón.

             Así pudo ser, 1999

BASHO I[2]

Anciano entre los juncos recelo del poeta.
Va de camino al Norte compone un libro con los ojos.
Se escribe a sí mismo en el agua ha perdido a su maestro.
Amor tan sólo en las cosas talladas de nubes y vientos.
Esa es su vocación visitar a los amigos para la despedida.
Reunir calaveras y labios bajo el agitar de cielos.
Siempre el beso del ojo traducido en la coacción de las         

            palabras.
Diecisiete el número sagrado destinado a la visión.
El desgaste pasado se congela petrificado como una mariposa.
En marea de mármol los fósiles pulidos.
Por aquí pasó el poeta en su viaje hacia el norte.
Por aquí pasó el poeta para siempre jamás.

BASHO II

Sabemos de la poesía poética los arteros peligros
de la melopea y el frenesí. Es aire embalsamado,
si no lo conviertes en piedras que brillen y hagan daño.
Tú, viejo maestro, puliste las piedras
con las que das muerte a un mirlo.
Tallaste del mundo una imagen que lleva tu nombre.
Diecisiete piedras como flechas una escuela de cantores fúnebres.
Mira junto al agua la huella del poeta
de camino hacia la tierra nevada más interior. Mira cómo el

agua la borra
cómo el hombre del sombrero lo vuelve a escribir
y guarda agua y pisada, detiene el movimiento pasado una

y otra vez,
Para que lo perdido se conserve como algo perdido.
                                                                                                                         

BASHO III

En ningún lugar de este universo tengo domicilio fijo[3]
escribió en su sombrero de ciprés. La muerte le quitó el

 sombrero.
Así ha de ser. La frase ha quedado.
Tan sólo sabía vivir en sus poemas.
Un poco más y verán los cerezos en flor de Yoshino.
Pon tus sandalias bajo el árbol, deja que descansen tus

pinceles.
Guarda el bastón en el sombrero, transforma el agua  en

versos.
La luz es tuya, también la noche.
Un poco más sombrero de ciprés y tú también los verás,
La nieve de Yoshino, el gorro de hielo de Sado,
la isla que embarca para Sorën[4] sobre lápidas de olas.

BASHO IV


El poeta es un molino que convierte al paisaje en

 palabras.
Sin embargo piensa igual que tú y sus ojos ven lo mismo.
El sol que se estrella en la boca del caballo.
El templo exterior de Ise la playa de Narumi.
Navega con velas de luto pone rumbo a su tarea.
Sus mandíbulas trituran las flores hasta los pies de los versos.
La contabilidad del universo como se presenta a diario.
En el norte supo quién era: un montón de ropa vieja.
Cuando está donde nunca más estará lees tú sus poemas.
Pelaba pepinos y manzanas ahora pinta su vida
También a mí me ha seducido el viento que hace flotar las nubes.

                                      El rostro del ojo, 1989


[2]  Esta serie sobre Basho se basa en su obra y en algunos grabados y acuarelas de Sjord Bakker sobre la vida del gran poeta japonés.

[3] Las cursivas son citas de Memorias de viaje de un esqueleto gastado.

[4] Se refiere a Rusia


[1] Exclamación medieval  extraída del Canto I del Duque Juan I de Brabante ( 1252-1294),  la hierba está en flor.

Tumbas de poetas y pensadores. Cees Nooteboom

¿Quién yace en la tumba de un poeta? El poeta, desde luego, no, eso es bien sabido. El poeta está muerto, de lo contrario no tendría una tumba. Pero el que está muerto ya no es nadie, por lo tanto tampoco está en su tumba. Las tumbas son ambiguas. Conservan algo y, sin embargo, no conservan nada. Naturalmente, esto se puede decir de todas las tumbas, pero cuando se trata de las tumbas de los poetas con eso no está todo dicho. En su caso hay algo diferente. La mayoría de los muertos callan. Ya no dicen nada. Literalmente, ya lo han dicho todo. Pero no sucede así con los poetas. Los poetas siguen hablando. A veces se repiten. Esto ocurre cada vez que alguien lee o recita un poema por segunda o centésima vez. Pero hablan también para quienes todavía no han nacido, para unas personas que aún no han vivido cuando ellos escriben lo que escriben.

¿Por qué visitamos la tumba de alguien a quien no hemos conocido en absoluto? Porque aún nos dice algo, algo que sigue resonando en nuestros oídos, que hemos retenido e incluso no hemos olvidado, que nos sabemos de memoria y de vez en cuanto repetimos, en voz baja o en voz alta. Con alguien cuyas palabras siguen estando presentes para nosotros mantenemos una relación, del tipo que sea. Por esa razón, no es imprescindible visitar su tumba.

Cuando se trata de tumbas, todo es irracional. Llevamos flores a nadie, arrancamos los hierbajos para nadie y aquel por quien vamos no sabe que estamos allí. Sin embargo, lo hacemos. En algún rincón secreto de nuestro corazón albergamos la idea de que esa persona nos ve y se da cuenta de que seguimos pensando en ella. Pues eso es lo que queremos; queremos que los muertos reparen en nosotros, queremos que sepan que seguimos leyéndoles, porque ellos siguen hablándonos. Cuando nos hallamos al lado de sus tumbas, sus palabras nos envuelven. La persona ya no existe, pero las palabras y los pensamientos permanecen. Podemos al menos rememorar. Cada visita a la tumba de un poeta es una conversación en la cual la respuesta ya está ahí mucho antes que todo lo que nosotros mismos pudiéramos decir. Es una paradoja. Algo se ha dicho ya, pero sin que se haya formulado una pregunta. Hemos venido a dar nuestra aquiescencia, a estar cerca de las palabras que ya se han dicho. El que escribió esas palabras murió, pero las palabras mismas siguen viviendo. Podríamos pronunciarlas en voz alta, como si se las dijéramos a otros. Por eso vamos allí: para oír esas palabras en el silencio de la muerte y a pesar de la muerte.

En estos últimos años he visitado innumerables tumbas de poetas y las sensaciones que he experimentado junto a ellas han sido siempre las mismas. Visitamos a unos muertos a los que conocemos mejor que a la mayoría de los vivos. Yacen en muros, en lo alto de montículos, bajo modestas piedras u ostentosos monumentos, en metrópolis o en remotas islas, junto a desconocidos o junto a otras celebridades;descansan allí desde hace tanto tiempo que hasta las inscripciones funerarias han envejecido, o en tumbas recién cavadas; las losas están de pie o yacen en el suelo; no han elegido a sus vecinos, duermen en mármol o granito junto a catedráticos u oficiales, con su esposa o su padre o sin ellos, sin palabras o con las suyas propias, palabras cinceladas en la piedra, las palabras que ya conocíamos, que un día fueron escritas con tinta sobre papel y ahora están petrificadas.

He vivido con la poesía toda mi vida y a estas alturas sé que esto no es en modo alguno fácil de explicar. Para la mayoría de las personas, la poesía apenas existe o existe sólo de manera ocasional. Sólo raras veces sucede que una relación especial con la poesía domine la vida entera: no sólo escribirla, sino también leerla. No es algo que uno se proponga; esto se deduce fácilmente. A la mayoría de las personas le hace aborrecer la poesía la manera en que se les pone frente a ella en el colegio, donde resulta obligatoria, algo de lo que uno no puede librarse. Un lenguaje que se comporta de un modo distinto del habitual, que se torna extraño de repente. Las mismas palabras de siempre, pero como si vinieran de otra tierra. Se supone que todo el mundo tiene que conocer a los clásicos de su país, si bien son precisamente lo que se debería leer en último lugar, cuando la superficie técnica de los versos, la vetusta ortografía, la alienante gimnasia de los pies métricos ya no nos impidan el acceso a la emoción y por fin podamos penetrar con la mirada a través de un lenguaje solemne, o quizá de otro que se nos antoja de corto aliento. Éste es el prodigioso instante en el que comprendemos que allí, al otro lado del muro del tiempo, hay alguien que nos habla.

En toda gran poesía, por moderna que sea, está contenida la herencia de los clásicos, de lo anterior, de lo que a lo largo de los siglos se ha preservado para nosotros. Si tenemos un poco de paciencia y estamos dispuestos a hacer un pequeño esfuerzo recibiremos esa herencia como regalo.

Por esta razón, tal vez lo mejor sea leer en dos direcciones: primero desde hoy hacia épocas más antiguas y sólo después en sentido inverso. Entonces se pondrá de manifiesto que algunas cosas que a temprana edad, cuando empezábamos a leer, nos parecieron tan maravillosas, porque nos hablaban directamente, luego ya no nos causan ese efecto; pero en cambio descubriremos el valor de aquello que antes se presentó como inaccesible, oscuro, hermético. Si queremos decir algo verdaderamente desalentador, sólo tenemos que explicar con Shelley que la poesía abarca all science [toda ciencia] y es algo to wich all science must be referred [a lo que hay que remitir toda ciencia] y, además, aseverar que leer poesía es un oficio. Pero, por fastidioso que parezca, así es. Es un oficio que se aprende leyendo poesía. Los poetas que leemos devienen maestros, a la par que nosotros mismos, y el proceso de aprendizaje dura toda una vida. En la casa de la poesía hay muchas moradas, infinitas, tan diferentes entre sí como lo son los poetas y las épocas, las sociedades y las tradiciones en las que aquéllos han vivido. El lector entra y sale de esta casa; no quiere ni imaginar una vida sin poesía, vive en un permanente vaivén de voces y lenguajes, en una incesante conversación babilónica de hablas llameantes. Para el verdadero amante de la poesía siempre es Pentecostés.

Hoy ya no puedo leer lo que leía ayer. A los diecisiete años se leen unos poemas y a los setenta otros. Antaño fueron Gorter, Rilke o Eluard, hoy son Stevens o Juarroz, Montale o Celan, Tranströmer o Kouwenaar, Pessoa, Elizabeth Bishop, Pilinszky, Herbert, Heaney, Claus; pero esto no significa que ya no quiera leer a los de entonces. Los sigo necesitando al igual que necesito a Campert y a Vallejo o a Slauerhoff y a Rimbaud. Sé dónde están; puedo hacer que vengan a mí en cualquier momento. La poesía, en su significado más profundo, es invariable, pero habla de lo universal y del mundo valiéndose de unas voces que cambian constantemente, cada una a su manera personalísima, y de este modo ilustra y acompaña la amalgama de ficción y realidad que nos constituye. La forma en que lo hace nunca es la misma, porque tampoco nosotros somos los mismos. Siempre necesitamos a otros poetas y otros poemas, oscuros o claros, irónicos o místicos, poetas del tiempo cíclico o del tiempo lineal, o de la ciudad o de la naturaleza, poetas mundanos u hostiles al mundo. Unas veces quiero que la poesía sea humilde y ascética; otras, que cante, incluso que grite por mí; quiero que reflexione sobre sí misma, que se entristezca, que apenas diga nada, que balbucee y se esconda, o que festeje la vida y nos deje sin respiración con un torrente de palabras. Hay instantes en los que deseo perderme en su oscuridad; y otros en los que desearía que escribiera con la punzante agudeza del buril. Yo no puedo ser siempre el mismo y tampoco exijo que lo sea la poesía. Lo único que exijo es que esté ahí: hermética, clara, racional, metafísica, danzante, contemplativa, que hable del mundo en el que vivo, del mundo real, inventado, efímero, peligroso, posible, imposible, existente. Y sé que siempre estará ahí, con todas sus máscaras, con todos sus nombres y sus formas, con todos sus poetas y sus lectores: un elemento natural como el agua y la tierra, el fuego y el aire. No sabemos quiénes son sus lectores. Una “inmensa minoría”, dijo Juan Ramón Jiménez, ¿y por qué no iba a ser así?

Se puede oír poesía en pequeñas habitaciones o en grandes salas, pero para leerla se precisa recogimiento; las personas que la lean estarán solas. Juntas, esas personas constituyen una sociedad; quienes forman parte de ella saben que existe. En este sentido, los lectores son semejantes a monjes cartujos, con frecuencia juntos, las más de las veces solos. Leer es algo que hace uno por sí mismo y en soledad, una aventura espiritual: quien busque claridad inmediata y rehúya lo ignoto es mejor que se mantenga alejado de la poesía, pues ésta no siempre le servirá, no desde luego la mística de Hadewijch o Góngora, ni tampoco Eliot, Paz o Celan. Ha habido muchas veces que no la he comprendido, incluso cuando la he traducido, por ejemplo Montale o Vallejo. Pero no importó. El lector es la tablilla de cera y el poema el sello; algo me ha hablado y yo, sin entenderlo, sé lo que ha dicho. Muchas veces me he quedado contemplando unos versos de Wallace Stevens, anhelando que el poeta revelara el secreto que se escondía en el hermético espacio vacío en torno a las palabras, que dijera que no era relevante, que yo no podía leer su poema como una carta o un informe, que me llevaría tiempo hacer que se acercara a mí, o que el lenguaje no puede sobrevivir si no se le permite de vez en cuando ser oscuro e incomprensible, porque debe su posterior claridad precisamente a las aventuras vividas en regiones todavía inexploradas.

“Muchas veces hay que expresar las cosas de manera complicada”, dijo alguna vez Thomas Eliot a Donald Hall en una entrevista. “Cuando escribí La tierra baldía me daba igual si sabía o no lo que decía”. El poeta como druida o médium: una idea que, naturalmente, para el espíritu positivista es abominación. Sea como fuere, lo mismo que las personas no pueden vivir sin sueños peligrosos e inesperados, tampoco el mundo puede existir sin poesía, y por poesía no entendemos aquí nada que sea una simple ensoñación.

El amor a la poesía empieza probablemente a la edad de los grandes sentimientos, cuando uno todavía cree que un gran sentimiento engendra a su vez gran poesía. La mayoría de las personas nunca supera este malentendido, como se ve con toda claridad en las esquelas mortuorias y en las colaboraciones que se envían a las revistas literarias.

Francisco Brines

ESTÁ EN PENUMBRA EL CUARTO…

Está en penumbra el cuarto, lo ha invadido

la inclinación del sol, las luces rojas

que en el cristal cambian el huerto, y alguien

que es un bulto de sombra está sentado.

Sobre la mesa los cartones muestran

retratos de ciudad, mojados bosques

de helechos, infinitas playas, rotas

columnas: cuántas cosas, como un muelle,

le estremecieron de muchacho. Antes

se tendía en la alfombra largo tiempo,

y conquistaba la aventura. Nada

queda de aquel fervor, y en el presente

no vive la esperanza. Va pasando

con lentitud las hojas. Este rito

de desmontar el tiempo cada día

le da sabia mirada, la costumbre              

de señalar personas conocidas

para que le acompañen. y retornan              

aquellas viejas vidas, los amigos

más jóvenes y amados, cierta muerta              

mujer, y los parientes. No repite

los hechos como fueron, de otro modo              

los piensa, más felices, y el paisaje

se puebla de una historia casi nueva              

(y es doloroso ver que aún con engaño,

hay un mismo final de desaliento).

Recuerda una ciudad, de altas paredes,

donde millones de hombres viven juntos,

desconocidos, solitarios; sabe

que una mirada allí es como un beso.

Mas él ama una isla, la repasa

cada noche al dormir, y en ella sueña

mucho, sus fatigados miembros ceden

fuerte dolor cuando apaga los ojos.

Un día partirá del viejo pueblo

y en un extraño buque, sin pensar,

navegará. Sin emoción la casa

se abandona, ya los rincones húmedos

con la flor de verdín, mustias las vides,

los libros amarillos. Nunca nadie

sabrá cuándo murió, la cerradura

se irá cubriendo de un lejano polvo.

Las brasas, 1960

Biblioteca de su casa en Elca ( publicada en El País: https://elpais.com/cultura/2019/10/17/actualidad/1571315234_114144.html)

TENDIDOS

Llueve, y amo,

jadean, en extendida sombra,

dos sombras vivas, hozan la nada,

y en ella se alimentan.

                                   Son jirones de luz,

y a su luz se ven ojos, muslos, cabellos,

mientras la sombra se extingue hacia más sombra,

y el reposo en las sábanas

de las furias del cuerpo

es el agradecimiento de quien ha de morir,

y sin pedir la vida, la vida le desborda

hasta negar la muerte miserable,

la herrumbre de los cuerpos aún vivos

y las sombras ya huecas de los muertos.

Aún no, 1971

AQUEL VERANO DE MI JUVENTUD

¿Y qué es lo que quedó de aquel viejo verano
en las costas de Grecia?               
¿Qué resta en mí del único verano de mi vida?
Si pudiera elegir de todo lo vivido               
algún lugar, y el tiempo que lo ata,
su milagrosa compañía me arrastra allí,               
en donde ser feliz era la natural razón de estar con vida.

Perdura la experiencia, como un cuarto cerrado de la infancia;
no queda ya el recuerdo de días sucesivos               
en esta sucesión mediocre de los años.
Hoy vivo esta carencia,               
y apuro del engaño algún rescate
que me permita aún mirar el mundo
con amor necesario;               
y así saberme digno del sueño de la vida.

De cuanto fue ventura, de aquel sitio de dicha,               
saqueo avaramente
siempre una misma imagen:
sus cabellos movidos por el aire,               
y la mirada fija dentro del mar.
Tan sólo ese momento indiferente.               
Sellada en él, la vida.

Insistencias en Luzbel, 1977

EL REGRESO DEL MUNDO

   Abrir los ojos, después de que la noche

recluyera los astros en su amplia cueva rasa,

y ver, tras del cristal,

ya visibles los pájaros

en el fanal aún pálido del sol,

moviéndose en las ramas.

Y cantos que hacen mía la bóveda del aire.

Y sentir que aún me late en el pecho

el corazón del niño aquel,

y amar, en la mañana, la vida que pasó,

y esta maga sorpresa

de amar aún el mundo en la mañana.

Y en el nombre del mar, que está lejano

y azul, siempre tendido

desde el remoto amanecer del mundo,

persignarme la frente, luego el pecho,

los delicados hombros que ahora rozo,

y besar, con los labios del niño rescatado,

este mundo tan viejo,

que hoy no alcanzo a saber

por qué, si el amor no se ha muerto,

me quiere abandonar.

            La última costa, 1995

“ mi poesía ha salido por donde ha querido ella, y yo, diciéndole que sí, dejándome llevar”.

“En ocasiones el poeta ha tratado de desvelar alguna porción del misterio de la vida, de arañar el enigma a cambio de hallar el apagado resplandor de una significación”, escribía en el texto  La certidumbre de la poesía (1984). “Y aparecen las palabras. Y con ellas el engaño de una aparente claridad, o tan sólo una vislumbre de luz, que para la sed del hombre, y arrastrado por la emoción estética, parece en aquel momento suficiente”..

Su poesía “gira en torno a las preguntas que me hago desde la reflexión o el asombro ante la vida[1]”,por poesía todavía entiendo el encuentro con lo intenso y lo profundo, por eso prefiero quizá la poesía que surge desde dentro y que se va descubriendo ante quien la escribe, ante aquel que la halla en él mismo al escribirla. Eso es la poesía para mí”.


[1] Francisco Brines: “La poesía significa hoy para mí más que nunca” | El Cultural


José Manuel Caballero Bonald

TRANSFIGURACIÓN DE LO PERDIDO

La música convoca las imágenes
 degradadas del tiempo. ¿Dónde
me están llamando,  desde qué

penumbra, hacia qué día
me regresan?
                         Nada me pertenece
sino aquello que perdí.

Máscara del pasado, la memoria confluye
sobre un fondo difuso de alegrías
donde todo zozobra y se reduce
a nada, donde está mi verdad
haciéndose más crédula.
                                  Oh transfiguración
de lo que ya no existe, marca
tenaz de lo caduco, cómplice

reclusión de la memoria
que ciñe al tiempo en ráfagas de música.

                                                     Las adivinaciones, 1952

MIENTRAS JUNTO MIS AÑOS CON EL TIEMPO

Cuántas veces, al acabar el día,
perdiendo pie en las aguas agolpadas
de mis años, he visto arder, gemir
el cargamento de mi vida, sólo
pendiente del precario hilo trémulo
de algo que aún mantiene su vigencia
sobre mi corazón, nombre arrancado
a golpes de codicia, para que
nunca pueda decir que no es verdad
que espero todavía, que consisto
en seguir esperando todavía,
mientras junto mis años con el tiempo
y así me recupero de la vida
que me está derrocando diariamente.

                                                            Las horas muertas, 1959

PRIMERAS LETRAS (Pliegos de cordel, 1963)

Un día lunes, cerca
del mar, sonó la palabra.
                                    Era
verano entre las cañas
pacíficas del trigo y nunca
la sucesiva hoguera
de las furias se propagó
con tanta iniquidad.
                                Vinieron
cargas de odios
en camiones, gritos
y sogas en camiones. Ebrios
de mosto y esperma, bajaron
hasta el mar
adolescentes brunos,
ciegos y reclutados
con los aperos de la tiranía,
niñas de sangres iniciales
con flechas en el seno,
espantos y pancartas
al frente de los himnos.

Entre el despliegue tortuoso, ¿quién
me llevó de la mano
a la frontera fratricida, dónde
me desahuciaron de ser niño?

Oh qué terribles y primeras
letras hostiles
de la patria. Párvula madre
mía, ¿qué hiciste
de nosotros, los que apenas
pudimos aprender
la tabla de sumar de la esperanza?

LA NOCHE NO TIENE PAREDES

Doy la vuelta a la noche, entro

en su cámara inversa, en su hondonada

de humo, en la oquedad

contraria a la pared

del aire,

              justo donde convergen

las distancias que nunca se han juntado,

las libertades más difíciles,

hasta que de improviso encuentro allí

consecutivamente el germen, la incitante

demarcación del laberinto

con su luz primordial, su punitiva

complicidad con la justicia,

                                      esa insistencia

soberana

en la celebración de estar viviendo.

                               La noche no tiene paredes, 2009

3D3 Revista de Creación nº17

En el número 17 de la revista 3D3 Revista de Creación, diciembre 2020, han publicado algunos poemas de mi libro editado por Torremozas ,”Púrpura de Cristal”, acompañada de poetas discursivos y visuales muy interesantes: Feral de Xis, Toni Prat, Antonio R. Fernández, Alexis R, César Reglero, Xirla de R.

Mi agradecimiento a su director: Antonio R. Fernández.

https://sites.google.com/site/revistadecreacion3d3/3D3-Revista-de-creacion/2020-diciembre?authuser=0

Pablo García Baena

ANTIGUO MUCHACHO

Entre la noche era la madreselva como de música
y el sueño en nuestros párpados abejas que extraían
de las lluviosas arpas del otoño
un panal de violetas y silencio.
Con un escalofrío se presentía entonces el amor fugitivo
como un trovador, bello de lazos y de cintas,
que, junto a un cenador donde una tea alumbra,
bajara por la escala el desmayado cuerpo de la infanta
al par que entre la fronda el ruiseñor perfuma de armonía la noche.
Erraba en las almenas un vago suspirar de abandonados velos,
de cabelleras lánguidas flotando en los estanques
y un ajimez quedaba solo frente a la luna
adormecida por el laúd de los besos.
Revivo la mirada pálida de los espejos
y mi rostro preguntando en su oráculo,
y la mano que repasaba, lenta, mis mejillas, mis labios.
Había una ventana donde el mar convertía en espumas sus cisnes,
y en los aparadores bandejas con membrillos cocidos
y el tarro de las guindas,
y las cidras frías por el mármol de la madrugada,
y los dulces de piñonate en su estrella de papel rizado.
El domingo escalaba con su luz amarilla,
con su parra latiendo de áureos cimbalillos,
los álamos sombríos del invierno,
y las horas, veloces, agitaban sus pétalos
como rosal que deja su nieve por el aire.
Y la noche llegaba al campo reclinando su cabeza en los montes,
y un miedo suave bajaba con el ladrido de los perros por las cañadas,
y la última garza de la tarde dormía entre los juncos.
Decidme dónde tengo aquel niño con el cuello sujeto de bufandas
y la enorme mosca negra de la fiebre aleteando en mis sienes,
y en torno de mi lecho, Sandokán con la perla roja en su turbante
y Aramis perfumado de unción episcopal,
y Robinsón bajo el verde loro balanceante de los bambúes.
Aquel cerrado mirador, entre lutos,
donde paraban todos los años la Oración del Huerto
cuando el Jueves Santo gemía en su larga trompeta morada.
Y la Virgen Dormida, en un agosto de bengalas,
y los muertos contemplando desde su balaustrada de ausencias
las débiles lamparillas de la noche de Todos los Santos.
Llovía en los cristales. Ahora, silenciosos, vuelven tristes perfiles,
voces que pálidas renacen,
como hojas arrastradas a un otoño de olvido.
Y como el nadador, dichosamente cansado,
deja escurrir los dedos del agua por su cuerpo desnudo
volviendo su mirada hacia la playa,
así a ti me vuelvo,
buscando tu sonrisa en mi sonrisa,
tu mirar en mis ojos
y tu honda voz pura, antiguo muchacho,
fluyendo como un agua fresquísima
del manantial cegado de los días

.Antiguo muchacho ( 1950 )

«Bajo tu sombra, junio…»

Bajo tu sombra, junio, salvaje parra,
ruda vid que coronas con tus pámpanos las dríadas desnudas,
que exprimes tus racimos fecundos en las siestas
sobre los cuerpos que duermen intranquilos,
unidos estrechamente a la tierra que tiembla bajo su abrazo,
con la mejilla desmayada sobre la paja de las eras,
la respiración agitada en la garganta
como hilillo de agua que corriera secreto entre las rosas
y los labios en espera del beso ansioso
que escapa de tu boca roja de dios impuro.
Bajo tu sombra, junio,
yedra de sangre que tiende sus hojas
embriagando de sonrisas la pared más sombría,
la piedra solitaria;
junio, paraíso entre muros, que levantas la antorcha de tus árboles
ardiendo en la púrpura vesperal,
bajo tu sombra quiero ver madurar los frutos,
las manzanas silvestres y los higos cuajados de corales submarinos,
la barca que va dejando por los ríos lejanos sus perfumes,
los bosques, las ruinas,
las yuntas soñolientas por los caminos
y el zagal cantando con un junco en los labios.
Quiero oír el inquieto raudal de los torrentes,
el crujido de las ramas bajo el peso del nido
y el resonante silencio de las constelaciones
entreabriendo sus alas como pájaros espumantes de fuego
al fúnebre conjuro de los nocturnos pífanos.
Bajo tu sombra quiero esperar las mañanas fugitivas de frescura
y los atardeceres largos como miradas
cuando todo mi ser es un canto al amor,
un cántico al amor entregado,
mientras las manos se curvan sobre las espaldas desnudas
y mis párpados se tiñen con el violento jacinto de la dicha.

Junio ( 1957)

PALACIO DEL CINEMATÓGRAFO

Impares. Fila 13. Butaca 3. Te espero

como siempre. Tú sabes que estoy aquí. Te espero.

A través de un oscuro bosque de ilusionismo

llegarás, si traído por el haz nigromántico

o por el sueño triste de mis ojos

donde alientas, oh lámpara temblorosa en el cuévano

profundo de la noche, amor, amor ya mío.

Llegarás entre el grito del sioux y las hachas

antes que la rubia heroína sea raptada:

date prisa, tú puedes impedirlo. O quizás

en el mismo momento en que el puñal levanta

las joyas de la ira y la sangre grasienta

de los asesinos resbala gorda y tibia,

como cárdena larva aún dudosa

entre sopor y vida goteando

por el rojo peluche de las localidades.

Ven ahora. Un lago clausurado de altos

árboles verdes, altos ministriles, que pulsa

la capilla sagrada de los vientos

nos llama; o el ciclamen vivo de las praderas

por donde el loco corazón galopa

oyendo al histrión que declama las viejas

palabras sin creerlas, del amor y los celos:

<<Pagamos un precio muy elevado por aquella felicidad>>;

o bien: << Ahora soy yo quien necesita luz>>,

y más tarde: <<Tuve miedo de ir demasiado lejos>>,

en tanto que el malvís, entre los azafranes

de technicolor, vuela como una gema alada.

Ah, llega pronto junto a mí y vence

cuando la espada abate damascenas lorigas

y el gentil faraute con su larga trompeta

pasea la palestra de draperías pesadas

junto al escaño gótico de Sir Walter Scout.

Vence con tu áureo nombre, oh Rey Midas; conviérteme

en monedas de oro para pagar tus besos,

en el vino de oro que quema entre tus labios,

en los guantes de oro con los cuales tonsuras

el capuz abacial de rojos tulipanes.

Vendrás. Alguna vez estarás a mi lado

en la tenue penumbra de la noche ya eterna.

Sentado en la caliza del astral anfiteatro

te esperaré. Tal ciego que recobra la luz,

me buscarás. Tus hijos estarán en su palco

de congelado yeso, divertidos, mirando

increíbles proezas de cow–boys celestiales,

y yo ya sabes dónde: impares, fila 13.

De Óleo (1958)

COMO EL ÁRBOL DORADO

Como el árbol dorado sueña la hoja verde,

ahora que no estás y en los bosques nevados

cruje lívidas urnas, fantasmal, el invierno,

los jóvenes deseos a la deriva quieren

cubrir tu memorial de húmedas laureas.

Era el marzo feliz que oreaban los vientos:

primaveral basílica los juncos erigían,

las varitas moradas de san José, la avena

como lluvia menuda y un recado secreto

la cardenalina lleva por alfarjes de ramas.

Así como la tierra mi corazón hinchado

germinaba de ocultas semillas sepultadas.

Así como la tierra nupcias al mar ofrece

el oleaje crespo de los besos unía

labio y tierra en anillos de herrín indestructibles.

Veíamos el mundo juntos sobre la roca…

Qué lejos el sollozo, los dioses, la leyenda

que luego tú serías, rojeantes racimos

de riparia cubriendo, armoniosa, tu estatua

cuando ya fuiste mármol inaccesible y ciego.

Pero el cielo era puro y fugaz y la loca

alegría de vivir, esa máscara errante

y beoda reía bajo el galoneado

raso del capuchón del dominó talar,

otorgando antifaces que la realidad cubrían.

La tristeza una calle por donde no pasábamos,

la poesía, una flauta que gime abandonada

y el rezo y los sociales lazos y la amistad,

esa vieja burguesa con labor de ganchillo,

nos vieron ir desnudos bajo las constelaciones.

Sabíamos que un soplo acabaría con todo:

estancias en la noche centelleante de arañas,

copas alzadas, senos, más hielo, el jardín rosa

y verde de la aurora irrumpiendo en cristales,

desgarrando la cola satén de la huida.

Sabíamos que un soplo…Y que no volvería

aquel vino jamás a mojar nuestro labios.

Confusamente turbia tiendo la mano ahora

hacia la puerta, arcano, tarot, encantamiento,

y allí encuentro tu mano entreabriendo el recuerdo.

De Antes que el tiempo acabe (1978)

https://es.wikipedia.org/wiki/Pablo_Garc%C3%ADa_Baena

La que parece que fue su última entrevista:

https://sevilla.abc.es/andalucia/cordoba/sevi-ultima-entrevista-nunca-creido-escritor-201801142102_noticia.html

Otras entrevistas en la radio realizada por los poetas José G. Obrero y Juanma Prieto:

https://cadenaser.com/emisora/2019/01/23/radio_cordoba/1548249682_199282.html

“El Padre hijo (de Sharon Olds)” de Iván Onia. Nacimiento versus Muerte.

Os dejo la reseña que publiqué en la revista Rótula sobre el poemario de Iván Onia:

EL PADRE HIJO (DE SHARON OLDS).  NACIMIENTO versus MUERT

“Una noche encendiste la luz y la luz era tu cabeza: un poemario a tu hijo donde el punto de partida fuera El padre, de Sharon Olds. Con los mismos títulos, pero vistos desde la otra orilla. No sería un libro dedicado a la muerte, sino a la vida, una bienvenida, en vez de un adiós”. Esta declaración de intenciones de Iván Onia en su último poema del libro El padre hijo (de Sharon Olds) muestra la columna vertebral de todo el cuerpo textual que ha levantado poema a poema.  

No es de extrañar la gran impresión que le causó la lectura del libro que escribió la poeta norteamericana a su padre moribundo. Un poemario sobrecogedor que puede provocarnos el efecto que buscaba  Emily Dickinson en la poesía: “Si  tengo la sensación física de que me levantan la tapa de los sesos…”. Sharon expresa con rotundidad la dureza, la decrepitud del cuerpo humano enfermo de cáncer y la complejidad de los variados y encontrados sentimientos- como el resentimiento y rencor, pero también el amor y la ternura- en una escritura narrativa, minuciosa e incisiva.

Nuestro autor entabla un diálogo intertextual entre las intensas vivencias de sentirse padre primerizo, todo un mundo nuevo de emociones que se abre ante él, y sus relecturas de El padre. Nacimiento y muerte cruzan la mirada desde lados opuestos y, aunque el vínculo o la relación de parentesco sea la misma en ambos casos, la perspectiva difiere: en el libro de Olds es la hija quien habla y en el de Onia es el padre. Existe un segundo camino inverso que se recorre: en El padre los sentimientos de la hija fluctúan desde el rencor, por todo el daño que le causó su progenitor, al perdón, al amor y la ternura; en cambio, en El padre hijo (de Sharon Olds) se exponen los sentimientos de afecto que van creciendo en el padre durante su expectante espera, así como el temor  e incertidumbre sobre qué tipo de relación o vínculo entablarán los dos, si el hijo llegará a entender a su padre y si lo amará.

Los poemas que Sharon Olds escribe en El padre sirven de guía, cada poema de Iván tiene una cita de un poema de la poeta norteamericana: 28 poemas que se conciben a raíz de 28 poemas de El padre, aquellos que más le habían impactado. Magníficos y titánicos ambos poetas. Un pulso difícil de afrontar y del que sale Iván Onia con honrosa solvencia.

Dedicado a su hijo Marcos, con una estructura única, sin dividirse en capítulos, el libro es todo un continuo en el que se relata el embarazo, el padre que escucha al bebé en su piscina, el sentimiento de padre que va creciendo como un árbol- o algo más enorme y grande- que va forjando una posición de ternura,  sentido de protección y también de cierto temor: Si apareces con las rodillas negras, / mi saliva será un tambor de guerra/ llamando a las plaquetas.

Podemos decir que introduce en una narración realista elementos maravillosos, propio de los cuentos, un estilo con el que se resalta lo sorprendente y fantástico de nuestro origen, la transformación del nasciturus de anfibio o pez hasta convertirse en un humano, nuestro perfecto acabado, la consideración del parto como un hecho extraordinario y milagroso de la naturaleza,  El ombligo es como un punto y seguido/ en el relato de la historia humana. Resulta fascinante la descripción realizada de todo el desarrollo del feto, con el ingenio y la imaginación a la que nos tiene acostumbrados, expresados con la precisión de un cirujano cuyo material son imágenes y analogías que labra como un ingeniero del lenguaje. Retrata lo natural con la mirada de la extrañeza y del asombro.

 “Los centímetros llegan/en camiones familiares/ Células abrazándose, formando/ riñones, tripas, lengua, un brazo y otro brazo… los centímetros arrimándose a la vida/ acercándose a ella, a través de mí/ como cuentan que se formaron los continentes”.

En la imaginación del autor el hijo que viene es el guerrero Hannibal en la batalla de Cannes, un astronauta que viaja por el espacio, un personaje de Julio Verne en su viaje al centro de la tierra.

Por el tema que trata, el tono es absolutamente dispar al libro de Sharon Olds, pues al pececito, al marinero que viene por las rutas del agua de la vida, se le canta en tono alegre, a veces jocoso, por un padre, ilusionado y algo atemorizado, que celebra su llegada.

Coincide con Sharon Olds en la atención prestada a todo lo corporal. Sharon, en especial, no escatima para describir los detalles más repulsivos. Iván no los esquiva, pero los trata de un modo más suave e irónico, así el vaso lleno de mocos y pus del padre enfermo lo relaciona con el tapón mocoso que se forma en la gestación, o también cuando ambos hablan de los olores. 

Un rasgo característico de la poesía de Iván Onia  es que la condimenta con una pizca de surrealismo. A veces nos introduce en un mundo a medio camino entre la realidad y la fantasía, entre la vigilia y el sueño,  como en el poema “Últimos actos”, en el cual se relata cómo iba contra viento y marea por la Se-treinta el día que la madre rompió aguas , situación que el padre había soñado a modo de premonición o profecía del destino que se cumpliría: Un niño en un caballo de viento va gritando por la Se-treinta ¡prole!, ¡prole!, ¡prole!/ Y nadie más que yo lo escucha.  Siente que el hecho de ser padre estaba escrito desde el principio.

Concibe la vida de la naturaleza humana de modo circular, el padre se reencarna en el hijo y a la inversa. A veces piensa en su hijo y otras se ve él mismo cuando era un niño pequeño. Una sucesión de nacimientos y muertes que se enlazan formando la familia, la cadena humana hasta llegar a ellos, a su presente. Y mejor no hacerse preguntas, no indagar en las razones, mejor no pensar que su hijo sea un hombre complejo que se hace preguntas complejas y mira al techo sin saber las respuestas de la vida.Y aquí otro de sus temores: no tener las respuestas de la vida. ¿Y quién las tiene? Nos tenemos que acostumbrar a chocarnos con el misterio, a convivir con él.

Durante esos nueve meses son muchas las idas y venidas de ideas que  escribe, como en el poema Sus cenizas:… La vida es movimiento mineral, / volanderismo, callejería, revolución/ y escándalo de la materia/ contra el gobierno de la nada. Pensamientos sobre el tiempo circular, la rueda de la vida, la intervención del azar, el origen escrito hace siglos en el árbol genealógico- como en el poema de Ángel González Para que yo me llame Ángel González, Iván nos dice: “El ejército de mi apellido/regresa y me saluda desde el niño, /  príncipe lechal de la estirpe”- .

Una vez que nace Marcos, nos retrata las primeras sensaciones, sentimientos, sus primeros días, la maravilla de apreciar su lento crecimiento, la dulce vida de un recién nacido,  un niño rubio y dorado, redondo y cándido.

Igual de habitual en nuestro autor es que encontremos en sus libros poesía en verso y en prosa, así en el hermoso poema Halándome de la mano, de estructura circular- como el libro y como el ciclo de la vida-, se despierta una mañana y Marcos le coge la mano, Aquí hay dolor, le digo, pero esta es mi mano, a ella perteneces. A continuación, despliega el mapa de la memoria con retales de recuerdos que van de más edad a menos : el apego a su primer coche, su primer gol, un día de verano en el que es rescatado al caer a una piscina, su incipiente amor por la escritura, sus noches de verano con toda la gran familia en una casa alquilada, el cine de verano, hasta verse tendido en una cuna sonriendo a la mano de su padre.,,, Cuando voy a cogerla aparezco, de pronto , al otro lado/ Soy el cogido de la mano./ Es hoy por la tarde.

De todas sus sensaciones, la más aguda es ser testigo del desarrollo y crecimiento humano, sentir el paso del tiempo y nuestra condición de ser para la muerte: “estatura itinerante, / humanidad barriendo a las escamas/ su vocación de dulce capitán”, saber que con el tiempo el hijo será quien guíe, cuide y acompañe a la muerte a su padre, advertir que él se empequeñece a la vez que su hijo crece.

No podían faltar los momentos tiernos y lúdicos con el pequeño, los buenos tiempos, los juegos, recitarle poemas de Lorca y que el niño se ría y toque las palmas. El paraíso de la infancia.

La belleza lírica está muy presente en sus versos, en este relato del principio, por ejemplo:

 Cómo ibas a saber que aquel abrazo

abría una grieta en la montaña

donde el río empezó a traerme

Todo libro de Iván está lleno de agudezas,  el asombro siempre recorre sus versos,  posee una mirada capaz de hacernos ver lo fantástico y maravilloso en toda historia cotidiana, incide en ese matiz surrealista que puede tener toda situación, retrata con humor e ironía la vida. Este es un poemario lleno de ilusión y amor, de prometedoras expectativas, de reflexiones sobre nuestro existir, también el retrato de un padre primerizo que tiene muy presente el paso del tiempo y que es la muerte quien nos espera en la otra orilla, pero su apellido continuará por gracia de su hijo. Magnífico libro, como todos los de este autor, no se pierdan ni El padre de Sharon Olds, ni El padre hijo (de Sharon Olds) de Iván Onia.

                                                      Ana Isabel Alvea Sánchez

“Madre del agua. Por las huellas del Tao” de Gregorio Dávila de Tena. Indagación y búsqueda a través de la poesía.

Los libros de Gregorio Dávila se asemejan a las últimas películas del director Terrence Malick, como El árbol de la vida o Vida oculta, con una bella, muy cuidada- diría exquisita- estética, colmada de insólitas y hermosas imágenes, de planteamientos e interrogaciones sobre lo trascendente, profundizando en el desamparo humano y su consuelo.  Su último libro, “Madre del agua”,  supone una indagación a través de la poesía, una reflexión y búsqueda espiritual de sabiduría, un diálogo con el Tao Te Ching, Libro del Camino y de su Virtud, pues cada poema se inspira en un verso o frase del Tao.  Supone una interpretación moderna y occidental del llamado Libro del Tao.

El Taoísmo y el Confucionismo constituían las dos corrientes fundamentales que recorrerán el pensamiento en China. Ambas surgen en el período anterior a la instauración del Imperio, prevaleciendo finalmente el Confucionismo.

El Taoísmo niega la capacidad ilimitada del lenguaje para transmitir ideas: “El Dao que puede ser expresado no es el Dao eterno”, pues el lenguaje oscurece el entendimiento. Una segunda idea sobre la que se sustenta consiste en su reivindicación del vacío como fuerza generatriz. Otro de los rasgos fundamentales del Tao es la no-acción, que lejos de la pasividad, apunta a la conversión del individuo en canalizador de la energía universal. No se trata de no hacer, sino de un hacer desapropiado, sin la intervención del ego que todo lo emborrona. No se tienen datos ciertos de su autor, pudieran ser varios, pero se le atribuye en los textos filosóficos a Laozi o Lao Tsé. Su doctrina tendrá influencia en el Budismo.

El título del poemario que tenemos entre manos, “Madre del agua”, hace referencia al propio Tao,  al que se le denomina la Gran Madre,  como origen o principio de todo. Igualmente podemos hilarlo con el verso del Tao: “la bondad suprema es como el agua”. Y este es el camino que quiere recorrer nuestro autor, el de la bondad en la confianza en los demás.

La madre es una figura central en el libro y simboliza el origen, la fuente de creación, la ternura, el amor, sentimientos de los que nos nutrimos para llegar a la sabiduría, a la virtud, a la armonía y serenidad, a la felicidad, en definitiva.

Formalmente encontramos poemas en verso y en prosa,  el verso blanco, el verso libre, versículos, hermosos haikus. Cuando leemos sus poemas nos asomamos constantemente al asombro por la originalidad y belleza de sus imágenes -en ocasiones de cierto irracionalismo- y por el despertar de los sentidos que se despliega en sus versos. Pensamientos revestidos de insólitas y vivaces imágenes.

Igual de interesantes resultan sus citas intertextuales, que pueden actuar como guía de lectura, pues cada poema nos lleva a otros buenos poetas, indicados al final del libro. Esta integración en su poesía de versos de otros autores puede entenderse como un homenaje, guiño o bien un modo de entablar conversación con ellos, así en su verso: yo planto el árbol que me toca, aparto la piedra del camino, como tú, Gabriela (en el poema Ten fe en cómo son las cosas) hace referencia a la frase de Gabriela Mistral: “Donde hay un árbol que plantar, plántalo tú. Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú. Donde haya un esfuerzo que todos esquivan, hazlo tú. Sé tú el que aparta la piedra del camino”.

Poesía dulce, delicada, amorosa, irradia luz en su canto a la belleza de la naturaleza -sumamente presente en su poesía-, en un sentirse unido o conectado con todo. Igualmente destacable son las referencias al reino animal. Encontramos gran variedad de insectos y bichos: algunos insignificantes y pequeños- como las hormigas, escarabajos, abejas-; otros más grandes, como ardillas o ciervos. Pueden representar la sencillez y humildad, así como constituir ejemplo de cómo hay que vivir: menos en el intelecto y conocimiento y más en la vida natural y espontánea, en dejarse llevar por ella disfrutando del presente que se te brinda.

Se vislumbra entre sus versos la fragilidad del ser y su intemperie, la angustia por la incertidumbre de la vida.

En cuanto a su estructura, se inicia el libro con su poema “Canto”,  a modo de plegaria, en la que pide a la Madre del Universo o Tao serenidad ante la incertidumbre, seguidos de tres capítulos: La Gran Madre, El hijo del agua y La palabra inicial.

Es difícil resumir su contenido, pues cada poema toma el título de un verso del Dao, semejante a un aforismo que guarda un consejo, sentencia o enseñanza. El poema constituye un estético y lírico desarrollo de la idea contenida en su título, desarrollado al fulgor de enumeraciones de espléndidas imágenes, o bien organizadas estas en versos paralelos.

¿Y qué temas aparecen en el Tao? Dejar que las cosas surjan, dejarse llevar, no querer responder a las preguntas a través del intelecto- resulta vano devanarse el cerebro cuando lo que hay que hacer es vivir y dejarse vivir-, no buscar la aprobación de los demás, no olvidar la humildad, la existencia del vacío como raíz de la vida, la necesidad de aceptar la realidad, saber que somos parte de un todo, la opción de la lentitud para poder ir lejos…

 Nos puede desconcertar que el Tao esté lleno de contradicciones y paradojas, tal vez porque quiera expresar lo inefable, abarcar una realidad que esté más allá del pensamiento binario y su lenguaje de opuestos : “No puedes conocerlo, pero puedes serlo”, “Lo inmóvil es fuente de todo movimiento”, “Cuanto más conoces, menos comprendes”.

Impera un anhelo de serenidad, armonía, paz y calma que se recogen y contienen en su poesía.

Encontramos una mayor introspección e intimismo en el segundo capítulo, con reflexiones encaminadas a comprender un pasado. No parece estar la salida en buscar salida, sino en sentir que se te tiene lo suficiente.

En el poema Puesto que se acepta a sí mismo, el mundo entero lo acepta se expresa una labor de reconstrucción personal, un viaje interior desde el espanto y cansancio a la ternura y un disfrute en calma: “La noche respira en cada árbol/ y las ramas se curvan de alegría/sosteniendo los pájaros dormidos”. Visita recuerdos de la infancia en Las gentes estarían contentas con sus vidas simples y cotidianas.

Las armas son las herramientas del miedo nos advierte que el miedo es nuestra mayor ilusión, nunca es la situación tan tremenda como nos la podemos imaginar, y que la violencia no las carga el diablo, no/ las carga el miedo/ tristes armas.

 Y su defensa del desapego, no debemos aferrarnos a nada porque todo cambia y en ese cambio está inherente la pérdida. Y a ella nos tenemos que hacer.

A su hijo se dirige en dos poemas: Flexibilidad es el modo del Tao, anhelando para él una vida dulce, pero para cuando no lo fuese, le aconseja que sea como el junco ante lo adverso; y en El gran Sendero es simple, pero la gente prefiere las sendas secundarias, en el que le alienta a sentir la vida como alegría y milagro, donde todo termina abre las alas, como decía Blanca Varela.

Su última parte, La palabra inicial,  está principalmente relacionada con la escritura. En un momento de madurez personal inicia el sendero al cementerio de las palabras, suavizando su mirada –alisa las púas de tu ojo, nos dicepara descansar en los vocablos y ahuyentar la angustia,  tal como manifestaba Eliot. Busca que la letra mane por la hendidura de la sangre/ por el tajo de la querencia (El maestro señala, pero no horada).

El poema Si atizas mucho el fuego lo estropeas hace referencia al verso No la toque más, así es la rosa de Juan Ramón Jiménez. En él su concepto del poema: El poema es fuego/ con astillas de la memoria/ entre la máscara y el tiempo.

Contiene una idea muy reveladora, confirmada por la Psicología,  en cuanto a lo que constituye nuestro verdadero enemigo: la sombra que nosotros mismos proyectamos.

Señala el artificio de la poesía en Es posible comprar honores con bellas palabras, con el riesgo de podernos convertir en el fingidor que mencionaba Pessoa y alejarnos de la verdad. Y es necesario aprender a desaprender, aunque él mismo se confiesa adepto al verso complejo y barroco,  a la exigencia en lo formal.

En el poema Armonizas con el modo de ser de las cosas hace referencia al poema “Oda a las cosas” de Pablo Neruda. Amar también los objetos cotidianos que nos rodean, que nos acompañan en nuestro día a día,  nos ayuda a sentir armonía con nuestra realidad.

 En Al competir lo hacen con espíritu de juego expone cómo la razón divide el mundo en planteamientos dualistas, mientras la naturaleza sigue su anhelo de belleza, de luz y juego inocente.

Concibe la escritura como Valente, una escucha, un acto de aguardar y ver, de esperar a que el día le susurre las palabras que él deja en su cuaderno, o bien como un farol que se enciende en mitad de las dudas.

Para enfrentarse a los agravios y golpes de la vida, armarse de paciencia y fe, como dice “Nada de turbe” de Santa Teresa de Jesús.  Vivir puede parecerse a la técnica del tiro al arco -que es una práctica zen-, tienes algunos aciertos y muchos errores, pero estos errores son una oportunidad para crecer en las continuas paradojas que nos ofrece la existencia.

En la segura decadencia de todo esplendor y belleza, lo más real es la incertidumbre y la tiniebla, este es nuestro estado natural, el desconocimiento. No sabemos porque no podemos saber, nos tropezamos con nuestros límites, cuestión que no le impide a la abeja, a las luciérnagas o a las golondrinas volar y disfrutar del aire.

No se pierdan este poemario tan jugoso y espléndido. Un libro que ha obtenido el XXII Premio de Poesía “Eladio Cabañero”,  seguro que no les decepciona  y les nutrirá de conocimiento y belleza.

                                          Ana Isabel Alvea Sánchez

Ricardo Molina

ELEGÍA XI

Cuando derrite el cielo el sol de julio
buscan los bueyes las espesas sombras;
los segadores de color cobrizo,
las frescas jarras y los pozos húmedos,
las cabras, los retoños del olivo,
y yo -lento y errante por el día-
la terrestre dulzura de tu cuerpo.
              
Pues la verbena en flor, la verde prímula
y las vides silvestres cuyos pámpanos
sombrean la roja frente de los sátiros,
y el soto umbrío que un arroyo baña
y que al pasar el viento vibra todo
como lira de hojas plateadas,
y las colgantes dríadas que enroscan
sus guirnaldas de azules campanillas
en el tronco del álamo sonante,
y la zarza espinosa donde tiembla               
-sombra y rocío- un dios enamorado,
no tienen para mi alma la dulzura
de la dorada gracia de tu cuerpo.
              
Como la rosa móvil y redonda
del girasol sigue el curso del astro,
como el agua en la fuente campesina
se arquea y luego cae en claro chorro,
como el fruto maduro comba grávido
la rama que sustenta su opulencia,
como el águila gira por el cielo
y se cierne, voraz, sobre el rebaño,
así mi alma gravita, gira y cae
­-fruto, flor, agua y águila- en tu cuerpo.

Elegías de Sandua

POETA ÁRABE

Los hombres que cantaban
el jazmín y la luna
me legaron su pena,
su amor, su ardor, su fuego.

La pasión que consume
los labios con un astro,
la esclavitud a la
hermosura más frágil.

Y esa melancolía
de codiciar eterno
el goce cuya esencia
es durar un instante.

            Elegia de Medina Azahara,1957

TODO LO QUE ADORASTE

Todo lo que adoraste fuera un día

ya es para siempre tuyo: la ribera

lejana del Genil, la enredadera

que tu infantil mirada suspendía.

Todo es ya tuyo: la mansión profunda

con el patio y sus rosas, las palomas,

el soñoliento olivo de las lomas,

la luz azul que tu recuerdo inunda.

Todo es ya tuyo: por la vieja calle,

tú con tu inseparable bicicleta;

la torre, las primillas, la veleta,

y aquella Grilla de delgado talle.

Todo eres tú. Ya está dentro lo externo,

lo ajeno que era casi cual tú mismo.

Resuelta en ti despeja su espejismo

la realidad. ¡Oh cambio tardo y tierno!

Todo eres tú y tú eres todo: olivo,

rosa, ribera, niño callejero…

Eterno vive en ti lo pasajero

y tú en lo eterno estás ya siempre vivo.

Elegía de Medina Azahara,1957

COMENTARIO

Homenaje a Octavio Paz

Dijeron que las nubes duran poco

pero nada en el mundo es tan blanco y tan puro.

Las aguas son huidizas- dijeron despectivos-

mas ¿quién dará el consuelo de una gota de agua?

Delicioso es el canto de los pájaros,

de las pequeñas aves sobre todo,

en cualquier estación y latitud terrestre…

Mas proclamaron tristes aguafiestas

que todo ha de morir,

que son bellos amores y canciones

pero deben morir.

Y yo pensé, inundado

por una inesperada y grande luz:

¿Qué nos importa la inmortalidad?

Ya solamente amamos lo que muere.

Homenaje

Taller de poetas. Otoño 2020

El pasado 14 de octubre empezó el Taller de poetas, que habitualmente se imparte en el Salón de Actos de la Casa del Libro – C/ Velázquez( Sevilla)-. Este otoño empezará on-line hasta nuevo aviso, según vaya esta lamentable pandemia. Tuvimos la suerte de abrir el curso con la colaboración del poeta y crítico literario, Doctor en Filología Hispánica, Daniel García Florindo, quien impartió una excelente clase sobre la poesía de Juan Bernier.

Para quien quiera profundizar en este autor podéis leer la tesis de Daniel, La poesía de Juan Bernier. Diálogo vital con su tiempo:

LO BELLO ES DARSE AL MITO

¿ Por qué escribir, por qué esta fe en la poesía,

por qué la catarsis de hundirse , ensimismarse

en algo que se cree un ídolo de luz,

un celestial fetiche de algo trascendente?

Lo bello es darse al mito, a lo que arrastra el alma,

a lo que hace nacer allá en la altura el fantasma

y la imagen del tiempo, parir escalofríos de eternidad,

engendros de la mente para nosotros súmmum del pensamiento puro.

Conversar con lo alto,

ser alguien en el mundo…

Juan Bernier

El 25 de noviembre intervendrá otro colaborador, el poeta, crítico literario, profesor y Doctor en Teoría de la Literatura y del Arte y Literatura Comparada, Jorge Díaz Martínez, quien hablará del verso libre en la poesía de los 90. Yo, que vosotros, no me lo perdería.

El Taller será los miércoles y en él analizaremos la poesía de Ricardo Molina, Pablo García Baena, Carmen Conde, Francisco Brines… pero también autores extranjeros como Anne Carsons o la portuguesa Ana Luisa Amaral. Pueden matricularse en clases sueltas. Para más información: aalveasanchez@gmail.com

MIÉRCOLES 28 DE OCTUBRE A LAS 18.30: CÁNTICO. RICARDO MOLINA

11 DE NOVIEMBRE. CÁNTICO. PABLO GARCÍA BAENA

25 DE NOVIEMBRE. JORGE DÍAZ MARTÍNEZ. El VERSO LIBRE EN LA POESÍA ESPAÑOLA DE LOS 90: Luis Muñoz, Carlos Pardo, Vanessa Pérez- Sauquillo, Pablo García Casado, Isla Correyero, Ada Salas, Roger Wolfe, Antonio Orihuela…

2 DICIEMBRE: FRANCISCO BRINES

16 DE DICIEMBRE.  CABALLERO BONALD

Tenemos que aclarar que años anteriores hemos estudiado autores contemporáneos de los indicados y de la llamada Segunda promoción de posguerra o Generación de los años 60,: José Hierro, Gloria Fuertes, Ángel González, Ángel Valente, Jaime Gil de Biedma, Félix Grande, Francisca Aguirre, María Victoria Atencia o Julia Uceda.

El taller continúa en enero, tras las vacaciones escolares, pero ya iremos informando. Y terminamos esta entrada con otro poema de Juan Bernier:

TIENDE LA MANO

¡Abre

tiende

la mano

quita de tu lengua

la reja monosílaba del no!

En la tierra pusieron barreras,

cercas, vallados, muros, fronteras.

Pero es vieja la tierra, hombre. Salta, cruza

el mar , el monte , el río.

¡Rompe los no de piedra!