«Madre del agua. Por las huellas del Tao» de Gregorio Dávila de Tena. Indagación y búsqueda a través de la poesía.

Los libros de Gregorio Dávila se asemejan a las últimas películas del director Terrence Malick, como El árbol de la vida o Vida oculta, con una bella, muy cuidada- diría exquisita- estética, colmada de insólitas y hermosas imágenes, de planteamientos e interrogaciones sobre lo trascendente, profundizando en el desamparo humano y su consuelo.  Su último libro, “Madre del agua”,  supone una indagación a través de la poesía, una reflexión y búsqueda espiritual de sabiduría, un diálogo con el Tao Te Ching, Libro del Camino y de su Virtud, pues cada poema se inspira en un verso o frase del Tao.  Supone una interpretación moderna y occidental del llamado Libro del Tao.

El Taoísmo y el Confucionismo constituían las dos corrientes fundamentales que recorrerán el pensamiento en China. Ambas surgen en el período anterior a la instauración del Imperio, prevaleciendo finalmente el Confucionismo.

El Taoísmo niega la capacidad ilimitada del lenguaje para transmitir ideas: “El Dao que puede ser expresado no es el Dao eterno”, pues el lenguaje oscurece el entendimiento. Una segunda idea sobre la que se sustenta consiste en su reivindicación del vacío como fuerza generatriz. Otro de los rasgos fundamentales del Tao es la no-acción, que lejos de la pasividad, apunta a la conversión del individuo en canalizador de la energía universal. No se trata de no hacer, sino de un hacer desapropiado, sin la intervención del ego que todo lo emborrona. No se tienen datos ciertos de su autor, pudieran ser varios, pero se le atribuye en los textos filosóficos a Laozi o Lao Tsé. Su doctrina tendrá influencia en el Budismo.

El título del poemario que tenemos entre manos, “Madre del agua”, hace referencia al propio Tao,  al que se le denomina la Gran Madre,  como origen o principio de todo. Igualmente podemos hilarlo con el verso del Tao: “la bondad suprema es como el agua”. Y este es el camino que quiere recorrer nuestro autor, el de la bondad en la confianza en los demás.

La madre es una figura central en el libro y simboliza el origen, la fuente de creación, la ternura, el amor, sentimientos de los que nos nutrimos para llegar a la sabiduría, a la virtud, a la armonía y serenidad, a la felicidad, en definitiva.

Formalmente encontramos poemas en verso y en prosa,  el verso blanco, el verso libre, versículos, hermosos haikus. Cuando leemos sus poemas nos asomamos constantemente al asombro por la originalidad y belleza de sus imágenes -en ocasiones de cierto irracionalismo- y por el despertar de los sentidos que se despliega en sus versos. Pensamientos revestidos de insólitas y vivaces imágenes.

Igual de interesantes resultan sus citas intertextuales, que pueden actuar como guía de lectura, pues cada poema nos lleva a otros buenos poetas, indicados al final del libro. Esta integración en su poesía de versos de otros autores puede entenderse como un homenaje, guiño o bien un modo de entablar conversación con ellos, así en su verso: yo planto el árbol que me toca, aparto la piedra del camino, como tú, Gabriela (en el poema Ten fe en cómo son las cosas) hace referencia a la frase de Gabriela Mistral: “Donde hay un árbol que plantar, plántalo tú. Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú. Donde haya un esfuerzo que todos esquivan, hazlo tú. Sé tú el que aparta la piedra del camino”.

Poesía dulce, delicada, amorosa, irradia luz en su canto a la belleza de la naturaleza -sumamente presente en su poesía-, en un sentirse unido o conectado con todo. Igualmente destacable son las referencias al reino animal. Encontramos gran variedad de insectos y bichos: algunos insignificantes y pequeños- como las hormigas, escarabajos, abejas-; otros más grandes, como ardillas o ciervos. Pueden representar la sencillez y humildad, así como constituir ejemplo de cómo hay que vivir: menos en el intelecto y conocimiento y más en la vida natural y espontánea, en dejarse llevar por ella disfrutando del presente que se te brinda.

Se vislumbra entre sus versos la fragilidad del ser y su intemperie, la angustia por la incertidumbre de la vida.

En cuanto a su estructura, se inicia el libro con su poema “Canto”,  a modo de plegaria, en la que pide a la Madre del Universo o Tao serenidad ante la incertidumbre, seguidos de tres capítulos: La Gran Madre, El hijo del agua y La palabra inicial.

Es difícil resumir su contenido, pues cada poema toma el título de un verso del Dao, semejante a un aforismo que guarda un consejo, sentencia o enseñanza. El poema constituye un estético y lírico desarrollo de la idea contenida en su título, desarrollado al fulgor de enumeraciones de espléndidas imágenes, o bien organizadas estas en versos paralelos.

¿Y qué temas aparecen en el Tao? Dejar que las cosas surjan, dejarse llevar, no querer responder a las preguntas a través del intelecto- resulta vano devanarse el cerebro cuando lo que hay que hacer es vivir y dejarse vivir-, no buscar la aprobación de los demás, no olvidar la humildad, la existencia del vacío como raíz de la vida, la necesidad de aceptar la realidad, saber que somos parte de un todo, la opción de la lentitud para poder ir lejos…

 Nos puede desconcertar que el Tao esté lleno de contradicciones y paradojas, tal vez porque quiera expresar lo inefable, abarcar una realidad que esté más allá del pensamiento binario y su lenguaje de opuestos : “No puedes conocerlo, pero puedes serlo”, “Lo inmóvil es fuente de todo movimiento”, “Cuanto más conoces, menos comprendes”.

Impera un anhelo de serenidad, armonía, paz y calma que se recogen y contienen en su poesía.

Encontramos una mayor introspección e intimismo en el segundo capítulo, con reflexiones encaminadas a comprender un pasado. No parece estar la salida en buscar salida, sino en sentir que se tiene lo suficiente.

En el poema Puesto que se acepta a sí mismo, el mundo entero lo acepta se expresa una labor de reconstrucción personal, un viaje interior desde el espanto y cansancio a la ternura y un disfrute en calma: “La noche respira en cada árbol/ y las ramas se curvan de alegría/sosteniendo los pájaros dormidos”. Visita recuerdos de la infancia en Las gentes estarían contentas con sus vidas simples y cotidianas.

Las armas son las herramientas del miedo nos advierte que el miedo es nuestra mayor ilusión, nunca es la situación tan tremenda como nos la podemos imaginar, y que la violencia no las carga el diablo, no/ las carga el miedo/ tristes armas.

 Y su defensa del desapego, no debemos aferrarnos a nada porque todo cambia y en ese cambio está inherente la pérdida. Y a ella nos tenemos que hacer.

A su hijo se dirige en dos poemas: Flexibilidad es el modo del Tao, anhelando para él una vida dulce, pero para cuando no lo fuese, le aconseja que sea como el junco ante lo adverso; y en El gran Sendero es simple, pero la gente prefiere las sendas secundarias, en el que le alienta a sentir la vida como alegría y milagro, donde todo termina abre las alas, como decía Blanca Varela.

Su última parte, La palabra inicial,  está principalmente relacionada con la escritura. En un momento de madurez personal inicia el sendero al cementerio de las palabras, suavizando su mirada –alisa las púas de tu ojo, nos dicepara descansar en los vocablos y ahuyentar la angustia,  tal como manifestaba Eliot. Busca que la letra mane por la hendidura de la sangre/ por el tajo de la querencia (El maestro señala, pero no horada).

El poema Si atizas mucho el fuego lo estropeas hace referencia al verso No la toque más, así es la rosa de Juan Ramón Jiménez. En él su concepto del poema: El poema es fuego/ con astillas de la memoria/ entre la máscara y el tiempo.

Contiene una idea muy reveladora, confirmada por la Psicología,  en cuanto a lo que constituye nuestro verdadero enemigo: la sombra que nosotros mismos proyectamos.

Señala el artificio de la poesía en Es posible comprar honores con bellas palabras, con el riesgo de podernos convertir en el fingidor que mencionaba Pessoa y alejarnos de la verdad. Y es necesario aprender a desaprender, aunque él mismo se confiesa adepto al verso complejo y barroco,  a la exigencia en lo formal.

En el poema Armonizas con el modo de ser de las cosas hace referencia al poema “Oda a las cosas” de Pablo Neruda. Amar también los objetos cotidianos que nos rodean, que nos acompañan en nuestro día a día,  nos ayuda a sentir armonía con nuestra realidad.

 En Al competir lo hacen con espíritu de juego expone cómo la razón divide el mundo en planteamientos dualistas, mientras la naturaleza sigue su anhelo de belleza, de luz y juego inocente.

Concibe la escritura como Valente, una escucha, un acto de aguardar y ver, de esperar a que el día le susurre las palabras que él deja en su cuaderno, o bien como un farol que se enciende en mitad de las dudas.

Para enfrentarse a los agravios y golpes de la vida, armarse de paciencia y fe, como dice “Nada de turbe” de Santa Teresa de Jesús.  Vivir puede parecerse a la técnica del tiro al arco -que es una práctica zen-, tienes algunos aciertos y muchos errores, pero estos errores son una oportunidad para crecer en las continuas paradojas que nos ofrece la existencia.

En la segura decadencia de todo esplendor y belleza, lo más real es la incertidumbre y la tiniebla, este es nuestro estado natural, el desconocimiento. No sabemos porque no podemos saber, nos tropezamos con nuestros límites, cuestión que no le impide a la abeja, a las luciérnagas o a las golondrinas volar y disfrutar del aire.

No se pierdan este poemario tan jugoso y espléndido. Un libro que ha obtenido el XXII Premio de Poesía “Eladio Cabañero”,  seguro que no les decepciona  y les nutrirá de conocimiento y belleza.

                                          Ana Isabel Alvea Sánchez