Nuevos caminos, nueva mirada

“Si usted sabe hacia dónde va, no está yendo hacia ningún lado” ( George Prince)

es decir

Puede referirse a que para llegar a lo nuevo hay que dejar los caminos trillados y recorrer fantásticas aventuras

O bien que la invención la encuentras donde menos la esperas

O que a ella se llega por donde menos lo piensas

o bien le gusta llevar la contraria al pensar común
o bien…

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Hablo de mí, naturalmente. Alejandra Pizarnik

pizarnik[1]

Flora Pizarnik, como realmente se llamaba, nace el 29 de abril de 1936  en Buenos Aires, procedente de una familia judía, de origen ruso y eslovaco, que había emigrado a Argentina y crece en el barrio de  Avellaneda. Fue la segunda hija de la familia, junto a su hermana Miryam, 20 meses mayor. Durante la 2ª Guerra Mundial morirían la casi totalidad de sus parientes europeos. El padre instala una joyería y gozan de una situación económica desahogada, de hecho ella dependerá  casi siempre- por no afirmar que siempre- económicamente de su padre, quien le pagará la publicación de sus dos primeros poemario y el viaje que hizo a París.  Se educa en el colegio púbico de la Avellaneda y parece que también en  la tradición judía.  Por sus escritos se presiente una niña triste, introvertida, solitaria. Ella empieza a tartamudear y se acompleja en la adolescencia por su tendencia a engordar, el acné y la tartamudez, además de tener problemas de asma.  Parece obsesionada por el peso y empieza a abusar de las anfetaminas.

En 1954 concluye los estudios secundarios y se matricula en la Facultad de Filosofía y también en la de Periodismo. Allí conoce al profesor de Literatura Moderna, Juan Jacobo Bajarlía, quien la anima  en su vocación de escritora. Y también se interesa por la pintura, recibiendo clases del pintor surrealista Batlle Planas, cuadros que serán presentados en una exposición en la galería Guernica de Buenos Aires.

 A los 18 años cuando empieza sus estudios universitarios parece tener claro que quiere dedicarse a escribir. El 27 de junio anota en su diario: El vacío.

Apollinaire aconsejaba  la escritura para vencer esa sensación de vacío:   escribir una palabra, luego otra y otra hasta que se llenara, la literatura como búsqueda de sentido.

Cuando cumple los treinta años escribe en su diario que se ve como una adolescente llena de temores, un miedo que estará muy presente en sus poemas.

“Señor

La jaula se ha vuelto pájaro

Qué hare con el miedo”

Fragmento de El despertar

Ya en sus primeros escritos aparecen los temas de la infancia perdida y la muerte, más tarde el miedo a la locura,  el dolor profundo de la existencia humana, la soledad,  el exilio interior,  el silencio, el vacío del ser,  el extrañamiento con su ser y con su vida. Sus poemas tratan un extrañamiento del ser en el mundo que traslucen su gran angustia. 

Trabajaba meticulosamente sobre el texto. Llegó a sentir el lenguaje como una jaula y  a considerar la insuficiencia del lenguaje para expresar el mundo y del mundo con nuestros deseos más profundos. “Sospecho que lo esencial es indecible”.  Escribirá sobre lo esencial buscando también la palabra esencial.

Publica en 1955 “La tierra más ajena”, su primer libro, con solo 19 años. En 1956 publica “La última inocencia”,  dedicado a su psicoanalista y también poeta, León Ostrov, obra donde cobra importancia el inconsciente y su expresión surrealista. Es un texto ya de alcanzada brevedad e intensidad expresiva.

En 1958 publica “Las aventuras perdidas”, dedicado a su amigo y escritor Rubén Vela.

Roberto Juarroz se interesa por su escritura y publica una reseña sobre “La última inocencia” abriéndole el círculo de amistades literarias.

 Rechazaba la política y defendía que el único compromiso del arte era la calidad.

Tiene influencia surrealista, pero también influencia romántica, en su motivo de la noche, por ejemplo. Pero no se adhiere totalmente a ninguna corriente literaria.

En 1960 se marcha a París y vivirá allí hasta 1964. En esta época escribirá a su psicoanalista “Mi vida aquí va y viene, es la corriente de siempre, esperanza y desesperanza. Ganas de morir y de vivir”  

“Importa no volver, importa mi soledad en mi cuartito- que he llegado a querer-, mi libertad de movimiento y mi ausencia de ojos ajenos en mis actos… envejezco y no tengo ganas de volver”.

En 1961 conoce a Octavio Paz y entabla una amistad con Italo Calvino. Frecuenta las redacciones de las revistas locales, los ciclos de conferencias y las lecturas de poesía en público. Trabaja en la revista Cuadernos y en algunas editoriales, traduce autores como Antonin Artaud, publica poemas y ensayos, en La Sorbona estudia historia de la religión y literatura francesa.

 Se publica “Árbol de Diana” en 1962, algunos autores lo consideran su mejor libro, prologado por Octavio Paz y “Los trabajos y las noches”, libro que escribe en París, en 1965, por este poemario recibe el Premio Municipal de Poesía en 1966, se le considera su madurez poética.

Regresa a Buenos Aires en 1964 por la enfermedad de su padre, quien fallece en 1967 por un súbito infarto. En Buenos Aires se sentirá encerrada y empeorará en su depresión.

 “Extracción de la piedra  de la locura” se publica en 1968, recibe este nombre porque en la Edad Media se creía que la locura se debía a unas excrecencias cerebrales que se podían manifestar como protuberancias en la frente.  En 1969 sal a la luz “Nombres y figuras”. Se aventura en la dramaturgia con “Los poseídos entre lilas”, pieza teatral en un acto. También en 1969 recibe dos becas importantes.

Viaja a Nueva York y París, pero ya no encuentra el París de antes. Empieza a recaer, en 1971 publica su mejor libro en prosa “La condesa sangrienta”, y en poesía, “El infierno musical”. En este último se acentúa en su escritura  la incoherencia, la fragmentación y la soledad y aparece la idea del suicidio.

Escribirá en su diario: “Mis contenidos imaginarios son tan fragmentarios, tan divorciados de lo real, que temo en suma, dar a la luz más que monstruos.”

El 13 de febrero de 1971 anota: “Aparentemente es el final. Quiero morir. Lo quiero con seriedad, con vocación íntegra”

Se suicida el 25 de septiembre de 1972 con sobredosis de seconal mientras pasaba un fin de semana fuera de la clínica psiquiátrica donde estaba interna.

Póstumamente se publicaron su poesía completa, su prosa completa y sus Diarios;  publicación esta última que resultó polémica, pues no estaban completos, su hermana, Miryam Pizarnik había censurado cualquier referencia a la vida privada y suprimió la totalidad del año 71 y 72 de la escritora, así que se publicó como “diario literario”, tal como se hizo con el diario de Virginia Wolf.

En este diario consta dicho: “Entre otras cosas escribo para  que no suceda lo que temo, para que lo que me hiere no sea, para alejar al malo. Se ha dicho que el poeta es un gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético implica exorcizar, conjurar y además reparar. Escribir un poema es cerrar la herida fundamental, desgarradora. Porque todos estamos heridos.”

Pizarnik creyó siempre en la palabra que sana, en la terapia de la escritura que le ayudara a superar el tedio de la vida. “La única morada de un poeta es el lenguaje”.

Según Octavio Paz:” El arte no es un espejo en el que nos contemplamos, sino un destino en el que nos realizamos”, tal como pretendían los surrealistas fusionando arte y vida. Y este parece que fue su mito personal, la poesía como destino.

De este modo escribiría Alejandra en su Diario el 15 de abril de 1961: “La vida perdida para la literatura por culpa de la literatura. Por hacer de mí un personaje literario en la vida real fracaso en mi intento de hacer literatura con mi vida pues esta no existe: Es literatura”.

Escribía poemas como si fuesen dibujos: “Me concentro mucho tiempo en un solo poema. Y lo hago de una manera que recuerda tal vez el gesto de los artistas plásticos: adhiero la hoja de papel a un muro y la contemplo… a veces, al suprimir una palabra, imagino otra en su lugar, pero sin saber aún su nombre. Entonces a la espera de la palabra deseada, hago en su vacío un dibujo que la alude. Y este dibujo es como un llamado ritual”. En la página, como en el dibujo, las palabras se convierten en figuras en el espacio.

A pesar de su desafortunada vida, nadie puede negar el  importante legado literario que ha dejado Alejandra Pizarnik , fruto de su talento y de su constante búsqueda y trabajo con el lenguaje: su maestría con la palabra,  la  intensidad alcanzada en la brevedad y esencialidad, la desgarradora fuerza expresiva de sus imágenes, la importancia de su obra.

 

 “Maniquí desnudo entre escombros. Incendiaron la vidriera, te abandonaron en posición de ángel petrificado. No invento: esto que digo es una imitación de la naturaleza, una naturaleza muerta. Hablo de mí, naturalmente.”

 

Y aún me atrevo a amar

El sonido de la luz en una hora muerta,

El color del tiempo en un muro abandonado.

 

En mi mirada lo he perdido todo.

Es tan lejos el pedir. Tan cerca saber que no hay.

 

                            Mendiga voz, de Los trabajos y las noches