ÁLVARO GARCÍA

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EL QUE CREE

Las cosas inhibidas necesitan
que les borres la muerte, que las mires
y con palabras digas su cortedad y su frío
cuando empiezas a darles calidad de concepto , sitio en
el mundo, un orden..
Y solo tienen vida en la corteza cerebral insomne del que
cree.
No son más que pretexto,
resumen de nave y de isla
en el naufragio del mirar.

LÍMITE

Vaho fugaz, vapor
entre la carretera y el paisaje,
el árbol de la almendra
es esta espuma rosa
y llena de febrero.
Junto al mar,
la suavidad de un límite
inconstante.

LA ESTACIÓN

Al sol, despunta el sol y reverbera
en un casi verano casi cierto.
Morder un hilo de agua. ¿Es tiempo ya?
La piel es nuestro único barómetro.

Hablar del tiempo , como dice Wilde, es hablar de otra cosa.
Es ventana a la incertidumbre.
El día en que mirar sea consultar rutinas de merlín
como quien mira un índice de precios,
vivir habrá perdido su constante en el abismo leve.

Nos evaporamos, en el beso , a las regiones del olvido
y , al reír juntos, somos intemperie:
cuando calla la risa hay un granizo que hiela los pronósticos,
y hay que volver a repensar el mundo.

Somos agricultura de los cielos, una ancha mies del aire,
polen vago que vino de tan lejos.
Toda lucha entre iguales, todo amor de contrarios,
toda íntima disputa está prevista
en la tensión dulce de los alimentos terrestres,
en el grano de trigo que amarillea y revienta en el aparador.

El perezoso giro de los astros hipnotiza las vidas,
el peaje de las estaciones, el voltaje de lo repetido.
La hora y su exterior se nos confunden.

Y si no hubiese luz como esta luz,
si no hubiese preguntas en los ojos,
si no hubiese un instante de desvelo justo antes de dormir,
todo serían actas.

Somos del alimento del temor.
También una ilusión de eternidad
que se entrevera con estar perdidos.

Amanece una luz
con dimensión precisa de universo.
No hace falta que diga el calendario la última palabra.
Siempre falta infinito para lo que no existe,
que es donde vivimos.

Para lo que no existe, Pre-Textos, Valencia, 1999

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Tú y yo
descendemos al fondo, un cielo hundido.
Buceamos. Hay algo en este vértigo
parecido a volar por aire de agua,
amenazados, protegidos de agua
sobre campos que oscilan silenciosos.
Se abren en el fondo abismos, grietas,
las montañas del mar, los valles lentos
de macizos de algas y de peces,
el mar como una savia sobre el mundo,
agua hundida en el agua,
mar que pesa
sobre tu espalda que huye en cada abrirse
tus brazos que te apartan mar, más hondo
y cada vez más lejos de la luz,
mojado el sol como una luna arriba
en el techo de agua y de silencio.
El día se transforma desde abajo.
No se oyen las voces. No se oyen
las olas o bramar de espuma el tiempo.
Aquí está el latir vivo, la presencia.
Habitar en el agua nada más,
densidad del final y del principio.
En qué valle de instante ya no somos.
Donde el agua se canse empieza el mundo.
Queda lejos ser junio y ser nosotros.
Aquí se desactiva nuestra muerte.
Flotamos entre el agua, no en el tiempo,
y se refugia aquí la eternidad.

El río del agua, Pre-Textos , Valencia, 2005

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